vendredi 21 août 2009

Entrada No. 200: Zeitgeist Colombia vive / La libertad para nuestra sanación

200 entradas con información libre y desinteresada que busca despertar conciencia. 5 meses que iniciaron el 15 de marzo y que se resumen en crecimiento y esperanza. 4273 visitas. 10 reuniones de sabiduría y fortalecimiento de nuestro propósito. 2 eventos públicos. 1 planeta por recuperar y balancear. Para continuar con la función de canalización que tiene éste blog, les dejamos una espectacular conferencia de la Dra. Ghirslaine Lanctot, en dónde se evidencia un amplio conocimiento sobre el "gobierno sombra", las mafias médicas, las "epidemias" y "pandemias", pero sobre todo, el valor de nuestra libertad y nuestra conciencia para sanarnos y para recrear nuestra experiencia colectiva en el planeta. Zeitgeist Colombia vive!

Mis creencias, por Albert Einstein

Mensaje de la cápsula del tiempo.

Vivimos una época rica en inteligencias creadoras, cuyas expre­siones han de acrecentar considerablemente nuestras vidas. Hoy cru­zamos los mares merced a la fuerza desarrollada por el hombre, y empleamos también esa energía para aliviar a la humanidad del trabajo muscular agotador. Aprendimos a volar y somos capaces de enviar mensajes y noticias sin dificultad alguna a los más remotos lugares del mundo, por medio de ondas eléctricas.

No obstante, la producción y distribución de bienes se halla por completo desorganizada, de manera que la mayoría ha de vivir temero­sa ante la posibilidad de verse eliminada del ciclo económico, y sufrir así la falta de lo necesario. Además, los habitantes de las distintas na­ciones se matan entre sí a intervalos regulares, por lo que también, debido a esta causa debe sentir miedo y terror todo el que piense en el futuro. Esta anomalía se debe al hecho de que la inteligencia y el ca­rácter de las masas son muy inferiores a la inteligencia y al carácter de los pocos que producen algo valioso para la comunidad. Confío en que la posteridad lea estas afirmaciones con un sentido de justicia y la necesidad de un cambio en la situación.
(1939)

La teoría del conocimiento de Bertrand Russell

En el instante en que el compilador de este volumen me solicitó que escribiese algo sobre Bertrand Russell, mi admiración y respeto por este autor me impulsaron a decir que sí sin vacilación. Debo innu­merables horas de satisfacción a la lectura de las obras de Russell, tributo que no puedo rendir a ningún otro escritor científico contempo­ráneo, con la excepción de Thorstein Veblen. Descubrí pronto, empero, que era más fácil formular la promesa que cumplirla. Había prometido decir algo sobre Russell como filósofo y epistemólogo. Después de empezar a hacerlo muy confiado, advertí en seguida que me había aventurado en un tembladeral, pues hasta entonces me había limitado, de manera cautelosa, por falta de experiencia, al campo de la física. Las actuales dificultades de su ciencia obligan al físico a afrontar pro­blemas filosóficos en grado muy superior a lo que sucedía en otras generaciones. Aunque no hablaré aquí de estas dificultades, mi preocu­pación por ellas, más que nada, me llevó a la posición esbozada en este ensayo.

En la evolución del pensamiento filosófico a través de los siglos ha desempeñado un papel decisivo la cuestión siguiente: ¿Qué conoci­miento puede proporcionar el pensamiento puro con independencia de la percepción sensorial? ¿Existe tal conocimiento? Si no existe, ¿cuál es con exactitud la relación entre nuestro conocimiento de la materia prima que nos proporcionan las impresiones sensoriales? A estas pre­guntas y a algunas otras que se vinculan íntimamente con ellas corres­ponde un caos casi infinito de opiniones filosóficas. Sin embargo, en esta serie de tentativas, por cierto estériles pero heroicas, se advierte una tendencia evolutiva sistemática que se puede definir como un cre­ciente escepticismo respecto a todo intento de descubrir, por medio del pensamiento puro, algo sobre el "mundo objetivo", sobre el mundo de las "cosas" frente al mundo de los meros "conceptos e ideas". Digamos entre paréntesis que lo mismo que haría un filósofo verdadero empleo aquí comillas para introducir un concepto ilegítimo, que pido al lector que admita por el momento, aunque resulte sospechoso a los ojos de la policía filosófica.

En el comienzo de la filosofía se creía, por lo general, que era po­sible descubrir todo lo cognoscible mediante la simple reflexión. Re­sultaba una ilusión fácilmente aceptable si, por un instante, olvidamos lo que hemos aprendido de la filosofía posterior y de las ciencias natu­rales; no debe sorprendernos que Platón concediese mayor realidad a las "ideas" que a las cosas experimentables en forma empírica. Hasta en Spinoza, y en un filósofo tan moderno como Hegel, este prejuicio fue la fuerza vital que parece haber representado el papel decisivo. Se podría plantear sin duda también la cuestión de que, sin participar de esta ilusión, sería factible lograr algo realmente grande en el reino del pensamiento filosófico . . . mas nosotros no pretendemos analizar este problema.

Esta ilusión aristocrática sobre la capacidad ilimitada de penetra­ción del pensamiento tiene como contrapartida la ilusión más plebeya del realismo ingenuo, según la cual las cosas "son" lo que percibimos a través de nuestros sentidos. Esta ilusión domina la vida diaria de hom­bres y animales. Además resulta el punto de partida de todas las cien­cias, sobre todo de las ciencias naturales.

Estas dos ilusiones no pueden separarse de manera independiente. La superación del realismo ingenuo a sido relativamente fácil. En la introducción a su libro An Inquiry into Meaning and Truth, Russell delinea este proceso con admirable concisión:

"Todos partidos del realismo ingenuo, es decir, la doctrina de que las cosas las cosas son lo que parecen. Creemos que la hierba es verde, las pie­dras duras y la nieve fría. Sin embargo, la física nos asegura que el verdor de la hierba, la dureza de las piedras y la frialdad de la nieve no son el verdor, la dureza y el frío que conocemos por nuestra propia experiencia, sino algo muy diferente. El observador, al pensar que está frente a una piedra, observa en realidad si hemos de creer a la física, es decir, a los efectos de la piedra sobre él. La ciencia se presenta, pues, en guerra consigo misma: Cuando más objetiva pretende ser, más hun­dida se ve en la subjetividad, en contra de sus deseos. El realismo in­genuo lleva a la física y la física, si es auténtica, muestra que el realismo ingenuo es falso. En consecuencia, el realismo ingenuo, si es verdadero es falso. Por tanto, es falso".

Fuera de su magistral formulación, estas líneas expresan algo más que a mí nunca se me había ocurrido. Según un análisis superficial, el pensamiento de Berkeley y el de Hume parecen oponerse a la forma de pensamiento de las ciencias naturales. Empero; el citado comentario de Russell descubre una conexión: Si Berkeley se basa en el hecho de que no captamos directamente las "cosas" del mundo externo a través de nuestros sentidos, sino que sólo llegan a nuestros órganos sensoriales acontecimientos que tienen conexión causal con la presencia de las "cosas" nos encontramos con que esto es una consideración cuya fuer­za persuasiva emana de nuestra confianza en la forma de pensar de la física. Por tanto, si se duda de la forma de pensamiento de la física, hasta en sus características más generales, no hay ninguna necesidad de interpolar entre el objeto y el acto de visión algo que separe el objeto del sujeto y torne problemática la "existencia del objeto".

No obstante, fue la misma forma de pensamiento de la física y sus éxitos los que socavaron la confianza en la posibilidad de entender las cosas y sus relaciones a través del pensamiento puramente especulati­vo. Poco a poco se admitió la idea de que todo conocimiento de las cosas es sólo una elaboración de la materia prima proporcionada por los sentidos. En esta forma general -y un tanto vagamente formulada­es probable que esta frase sea ahora de aceptación común. Mas esta idea no se basa en el supuesto de que alguien haya logrado demostrar concretamente la imposibilidad de conocer la realidad mediante la especulación pura, sino más bien en el hecho de que el procedimiento empírico -en el sentido antes mencionado- ha demostrado que puede por sí solo constituir una fuente de conocimiento. Galileo y Hume fueron los primeros en sostener este principio con absoluta claridad y precisión.

Hume comprobó que los conceptos que debemos considerar bási­cos, como por ejemplo, la conexión causal, no pueden obtenerse a partir del material que nos proporcionan los sentidos. Esta idea lo llevó a una actitud escéptica frente a cualquier tipo de conocimiento. Al leer los libros de Hume causa asombro que muchos filósofos posteriores a él, a veces filósofos muy estimados, hayan sido capaces de escribir tantas cosas oscuras e intrincadas y hasta hallar lectores agradecidos. Hume ha influido de manera permanente en la evolución de los mejo­res filósofos que le siguieron. Se lo percibe al leer los análisis filosófi­cos de Russell, cuya inteligencia y sencillez de expresión me lo han recordado muchas veces.
El hombre tiene un profundo anhelo de certeza en sus conoci­mientos.

Por eso parecía tan devastador el claro mensaje de Hume. La materia prima sensorial, la única fuente de nuestro conocimiento, pue­de llevarnos, por hábito, a la fe y a la esperanza, pero no al conoci­miento, y todavía menos a la captación de las relaciones expresables en forma de leyes. Después salió a escena Kant con una idea que, aunque insoste-ble por cierto en la forma en que él la expuso, significaba un paso hacia la solución del dilema de Hume: todo lo que en el conoci­miento sea de origen empírico nunca es seguro (Hume). Por consi­guiente, si tenemos conocimientos ciertos, definidos, deben basarse en la razón misma. Así sucede, por ejemplo, con las proposiciones de la geometría y con el principio de causalidad. Estos tipos de conoci­miento y otros tipos determinados son, como si dijésemos, una parte de los instrumentos del pensamiento y no han de obtenerse, pues, previa-mente a partir de los datos sensoriales. Es decir, son conocimientos a priori. Hoy, todo el mundo sabe que los mencionados conceptos no contienen nada de la certeza, de la inevitabilidad intrínseca que le ha­bía atribuido Kant. Considero, no obstante, que de la exposición que formula Kant del problema es correcto lo que sigue. Al pensar, utili­zamos, mediante cierta "corrección", conceptos a los que no hay nin­gún acceso si se parte de los materiales de la experiencia sensible, si se enfoca la situación desde el punto de vista lógico.

Descargar el libro en pdf.

jeudi 20 août 2009

Des chiens à l'entraînement...ça motive...

60 kms ce matin encore une fois sous le soleil. Cette fois, 2 chiens enragés m'ont permis de sprinter comme un dingue sur 150 m...pour éviter de me faire bouffer les mollets. Je voulais bien faire du fractionné mais pas forcément comme ça. Enfin, on s'entraîne comme on peut...David.


mercredi 19 août 2009

Ca roule encore, mais doucement...


53 kms autour des lacs de Winter Haven, au sud d'Orlando. Chaud et venteux, au milieu des orangers...le siège de Tropicana se trouve ici. David.

El espectro de la conciencia, por Ken Wilber


Esta relfexión es de Ken Wilber[i], un filósofo estadounidense que ha integrado y materializado en su pensamiento una interesante unión entre psicología, religiones comparadas, historia, ecología y misticismo.

BREVE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS – KEN WILBER - (PAG 67)
El espectro de la conciencia
P: (..) sigamos hablando de la dirección de la evolución, del telos del Kosmos, que no es el azar sino la direccionalidad.

KW: Así es, la evolución tiene una dirección, un principio que, como suele decirse, pone orden en el caos y supone, dicho de otro modo, un impulso hacia el logro de una mayor profundidad. En este sentido, cada nuevo desarrollo supone una victoria sobre el caos que implica la aparición de un sentido y aumenta el valor intrínseco del Kosmos.

P: Eso es precisamente lo que afirma el principio número 12, el último que quisiera discutir. Usted señala que, según este principio, la evolución tiende, de manera general, a moverse en la dirección de una complejidad creciente, de una diferenciación/integración creciente, de una organización/estructuración creciente, de una autonomía relativa creciente, de un telos creciente.

KW: Sí. Esos son algunos de los indicadores típicamente aceptados -quiero decir, científicamente aceptados - de la evolución. Esto no significa la inexistencia de la regresión y de la disolución (porque, de hecho, la disolución es una de las cuatro capacidades de todo Holón[ii] y tampoco supone que cualquier desarrollo a corto plazo deba seguir esas direcciones. Como dice Michael Murphy, la evolución discurre a través de una línea que se asemeja más a los meandros de un río que a una línea de progreso ininterrumpido en una sola dirección. Pero, considerada a largo plazo, la evolución sigue un telos, una dirección, que resulta particularmente evidente con la diferenciación creciente que conduce desde un átomo hasta una ameba y un simio.

Todas esas descripciones científicas podrían resumirse diciendo que el impulso básico de la evolución es la profundidad creciente. Este es el impulso autotrascendente del Kosmos, ir más allá de donde estaba anteriormente y, de ese modo, subsumir lo que era anteriormente y aumentar su grado de profundidad.

P: Pero usted también parece relacionar todo esto con la conciencia al afirmar que «cuanto mayor es la profundidad de un Holón mayor es también su grado de conciencia».

KW: Así es. Conciencia y profundidad son sinónimos. Cada holón tienen un determinado grado de profundidad que va aumentando, al igual que lo hace la conciencia, a lo largo del proceso evolutivo. Sea cual fuere la profundidad que tengan los átomos, las moléculas son todavía más profundas. Y, en este mismo sentido, las células son más profundas que las moléculas, las plantas más que las células y los primates más que las plantas.

Existe un espectro de profundidades, un espectro de conciencia. Y el proceso evolutivo consiste en el desarrollo de ese espectro, un proceso en el que la conciencia se despliega cada vez más, se actualiza cada vez más y se manifiesta cada vez más. Espíritu, conciencia y profundidad no son más que nombres diferentes para la misma cosa.

P: Y, dado que la profundidad está en todas partes, la conciencia también está en todas partes.

KW: La conciencia es simplemente la apariencia de la profundidad vista desde el interior, desde dentro. Ciertamente, la profundidad está en todas partes, la conciencia está en todas partes y el Espíritu está en todas partes. Y, en la medida en que la profundidad aumenta, la conciencia también despierta y el Espíritu se desarrolla cada vez más. Así pues, decir que la evolución produce una mayor profundidad es otra forma de decir que despliega una mayor conciencia.

P: Usted utiliza los términos «desplegar» [unfolds] y «englobar » [enfolds].

KW: En cada nueva trascendencia, el Espíritu está desplegándose a sí mismo, con lo cual también engloba a su propio ser en cada nuevo estadio. Trascender e incluir, producir y contener, crear y amar, Eros y Agape, desplegar y englobar son formas diferentes de decir lo mismo. Podríamos resumir esto de modo muy sencillo diciendo que, dado que la evolución va más allá de donde se encontraba anteriormente, también debe englobar lo que era anteriormente y que su misma naturaleza es la de trascender e incluir, una direccionalidad inherente, un impulso secreto, hacia la profundización creciente, hacia el valor intrínseco creciente, hacia la conciencia creciente. Para que la evolución tenga lugar debe moverse en esa dirección. ¡No hay otra dirección posible!

P: ¿Cuál es el punto fundamental?

KW: Son varios. Por una parte, el universo tiene una dirección y nosotros también tenemos una dirección. El movimiento tiene un sentido y el proceso de inclusión tiene un valor intrínseco. Como dijo Emerson, nosotros yacemos en el regazo de una inteligencia inmensa, que es uno de los nombres del Espíritu. Existe un tema inscrito en el rostro original del Kosmos, una pauta grabada en el muro de la Nada, un sentido en cada uno de sus gestos y una bendición en cada una de sus miradas.

Nosotros -y con nosotros todos los seres- estamos inmersos en ese significado, flotando en una corriente de respeto y de valor profundo, de significado último, de conciencia intrínseca. Nosotros somos parte y parcela de esta inmensa inteligencia, de este Espiritu-en-acción, de este Dios-en-la-creación. No tenemos que pensar en dios como una figura mítica ajena a toda esta representación, a todo ese espectáculo, ni tampoco debemos considerarlo como una diosa inmanente perdida entre sus creaciones.

La evolución es simultáneamente dios y diosa, trascendencia e inmanencia al mismo tiempo. Es inmanente al mismo proceso, está entrelazado en la misma urdimbre del Kosmos pero trasciende por doquier sus propias producciones y se renueva de continuo instante tras instante.

P: Trasciende e incluye.

KW: Exactamente. Y, en mi opinión, nosotros estamos llamados a despertar a este proceso, el Espíritu en nosotros está llamado a devenir consciente o, como algunos dirían, superconsciente de sí mismo. En los pasos que conducen de la subconsciencia a la conciencia y, desde ésta, a la supraconciencia, la profundidad aumenta en la dirección de su propio reconocimiento hasta que finalmente terminamos despertando completamente fundidos con esa Totalidad radiante.

¿Qué piensa usted a este respecto? ¿Le parece una locura? ¿Considera que los sabios y los místicos están locos? ¿Por qué todos ellos nos ofrecen versiones diferentes de la misma historia? La historia de despertar un buen día y descubrir que es uno con el Todo de un modo atemporal, eterno e infinito. Sí, tal vez todos ellos estén locos, tal vez sean meros idiotas ante el rostro del Abismo, tal vez necesiten de un terapeuta que les comprenda, tal vez eso podría ayudarles. Pero entonces me pregunto si la secuencia evolutiva realmente va desde la materia hasta el cuerpo y, desde ésta, hasta la mente, el alma y el Espíritu, trascendiendo e incluyendo cada vez con mayor profundidad, mayor conciencia y mayor globalidad. Y, tal vez, en los dominios superiores de la evolución, tal vez, sólo tal vez, la conciencia del individuo llegue a rozar el infinito en un abrazo total que englobe a la totalidad del Kosmos, en una conciencia Kósmica en la que el Espíritu despierte a su auténtica naturaleza.

Esto, al menos, es plausible. Dígame: ¿le parece, acaso, esta historia, una historia glosada por todos los místicos y sabios del mundo, más absurda que la que nos ofrece el materialismo científico de que todo esto no es más que un cuento contado por un idiota, henchido de rabia y de furia que no significa absolutamente nada? Preste mucha atención y responda. ¿Cuál de estas dos historias le parece realmente más absurda? Le diré lo que pienso al respecto. Yo creo que los sabios constituyen la avanzadilla del impulso secreto de la evolución; pienso que ellos son la vanguardia del impulso autotrascendente que siempre va más allá de donde se encontraba anteriormente; considero que ellos encarnan el impulso esencial del Kosmos hacia una mayor profundidad y expansión de la conciencia; creo, en fin, que ellos cabalgan a lomos de un rayo de luz dirigiéndose hacia una cita con Dios. Y también creo que ellos apuntan a la misma profundidad en usted, en mí y en todos nosotros. Creo que ellos están conectados a la Totalidad, que el Kosmos canta con su voz y que el Espíritu resplandece en sus ojos. Y también creo que ellos pregonan el rostro del mañana, un rostro que nos abre al corazón de nuestro propio destino, un destino que está también presente ahora mismo en la atemporalidad de este instante y que, en ese asombroso reconocimiento, la voz del sabio se convierte en su propia voz, los ojos del sabio se convierten en sus propios ojos, usted habla con la lengua de los ángeles y se ilumina con el fuego de una comprensión que nunca ha nacido y que nunca morirá, reconociendo su auténtico Rostro en el espejo del Kosmos, descubriendo que su identidad es, en realidad, el Todo y que usted ya no es una meraparte de esa corriente, sino que es la totalidad de la corriente, la Totalidad que no se despliega en torno a usted sino en su mismo interior. Las estrellas ya no brillan ahí sino aquí, las supernovas se originan en su corazón y el sol brilla en el interior de su conciencia. Al trascenderlo todo usted también lo abraza todo. Y no se trata de una Totalidad final sino tan sólo de un proceso interminable en el que usted es la apertura, la claridad o la Vacuidad pura en la que se despliega, incesante, milagrosa, eterna y luminosamente, la totalidad del proceso.

El juego ha terminado, la pesadilla de la evolución ha concluido y usted se halla exactamente en el mismo punto en el que estaba antes de comenzar la representación. Con la súbita conmoción de lo absolutamente evidente, usted reconoce su propio Rostro Original, el rostro que tenía antes del Big Bang, el rostro de la completa Vacuidad que sonríe en toda criatura y que resplandece como la totalidad del Kosmos y todo se desvanece en esa mirada primordial en la que lo único que perdura es la sonrisa y el reflejo de la luna en un estanque tranquilo, en medio de una noche transparente como el cristal.

[i] Mas Data sobre Ken (me parece bastante limitada! Lo mejor para conocerlo es leerlo!!!!):

http://es.wikipedia.org/wiki/Ken_Wilber

[ii] “Un Holón es algo que es a la vez un todo y una parte” El autor lo define bien al comienzo del libro pero si quieren entenderlo lean: http://es.wikipedia.org/wiki/Hol%C3%B3n.

Reseña por Franz Floyd, de Zeitgeist Argentina.

El Legado Mesiánico: Arquetipos en la conciencia

Para Michael Baigent, Richard Leigh, Henry Lincoln, creadores e investigadores detrás del Enigma Sagrado, El Legado Mesiánico y Masones y Templarios, hay dos maneras de abordar la lectura de un libro, sea cual sea su tema y la opinión objetiva que merezca al lector. Una consiste en recoger la información que el libro facilita y guardarla en la memoria para cuando pueda hacer falta. La otra es un constante encuentro de las ideas aportadas por el libro con las preocupaciones inmediatas del lector.

Yo me quedo con la segunda y agregaría el compartir y difundir esta información, por esto a continuación les dejo un capitulo del legado Mesiánico.

Considero que las ideas que aportan en este libro trascienden las épocas mostrando la necesidad imperante del ser humano por buscar un Mesías y aprovechándose de esto mismo, las formas de manipulación como movimientos, revoluciones y todos los deísmos sociales que pretenden imponer al ser humano los caminos indiscutibles de su salvación.

EL LEGADO MESIÁNICO

Por Michael Baigent, Richard Leigh, Henry Lincoln

Reseña por Margarita Clavijo para Zeitgeist Colombia

Confianza y poder

"Tenemos una necesidad instintiva de confiar, tanto individual como colectivamente, una necesidad de confiar a alguien o a algo ciertos aspectos de nuestra propia naturaleza más interiorizada. En la esfera más íntimamente personal procuramos depositar nuestra confianza en la familia, los amigos, el cónyuge o pareja sexual, el psicoanalista, el capellán, el padre confesor o la echadora de cartas. Pero la necesidad de confianza afecta también a esferas más impersonales: a instituciones ante las que somos responsables o que influyen de algún modo en nuestra vida. Compañías, ejércitos, gobiernos, estructuras educativas y religiosas, todas ellas son repositorios de confianza. Y el director de una compañía, el comandante militar, el jefe de estado, el educador y el líder religioso deben ser capaces de dar cabida a la confianza, no de un solo individuo, ni siquiera de unos cuantos, sino de muchos.


Lo que somos proclives a olvidar es que depositar confianza no es un proceso pasivo. Tendemos, sin pensar en ello, a hablar de «un acto de confianza» y esto, precisamente, es lo que entraña depositar confianza: un acto. Depositar confianza es un proceso activo y no pasivo. Una de las partes da activamente algo que la otra recibe.

Existe una correlación ineludible, intrínseca, entre la confianza y el poder. Es como si la confianza, en el proceso mismo de darse, experimentara el equivalente de un cambio químico.En consecuencia, lo que empieza como confianza al salir del donante se transforma en poder en manos del receptor. Si confías activamente en un individuo, le das un grado de poder sobre ti mismo. Si veinte personas depositan su confianza en el mismo individuo, el poder de éste aumenta proporcionalmente.

La búsqueda contemporánea de sentido supone buscar a alguien o algo que merezca recibir el espectro más amplio de confianza: la búsqueda, dicho de otro modo, de un principio religioso.

En la medida en que la religión organizada o institucionalizada no proporciona sentido, tampoco inspira confianza; y en la medida en que no inspira confianza, se vuelve cada vez más impotente. Esta es la situación actual de la religión organizada. En consecuencia, el grado de confianza que recibe ha disminuido, y son los médicos, los psiquiatras, los políticos y otros varios repositorios de confianza quienes reclaman pedazos cada vez mayores del pastel.

Existen varios mecanismos que utilizan los individuos o las instituciones para ganarse la confianza de sus seguidores, una de esas técnicas es el empleo calculado de la intimidación y el miedo. Consiste en proponer un adversario generalizado: Satanás, por ejemplo, o el anticristo, el comunismo, el fascismo. Luego se procura que ese adversario parezca cada vez más omnipresente, cada vez más monstruoso en sus proporciones, cada vez más amenazador para todas las cosas que nos son queridas: la familia, la calidad de la vida, la patria. Una vez se ha generado suficiente pánico, lo único que queda por hacer es ofrecerse uno mismo, o bien ofrecer la institución a la que uno mismo pertenezca, como baluarte, muralla, refugio, puerto seguro.

Las llamadas «lecciones de la historia» ya deberían habernos enseñado a ver la falsedad de semejantes ardides. Y, pese a ello, basta echar una mirada superficial al mundo de hoy para ver que todavía conservan su eficacia. Vivimos en un mundo de etiquetas y consignas, la mayoría de las cuales denotan o bien un supuesto y terrible adversario o un supuesto bastión que nos salvará de él.

Al mismo tiempo, hay estratagemas más sutiles. Los políticos, por ejemplo, suelen hacer llamamientos a la razón o al sentido común, o a lo que suele pasar por tales. Además, como todo el mundo sabe, no escatiman en promesas. Estas promesas van dirigidas de modo concreto a las expectativas y las necesidades de la gente y, frecuentemente, es poco o nada probable que se cumplan. Pero al hacerlas, se reconoce de manera implícita que existen tales expectativas y necesidades, con bastante frecuencia, este reconocimiento es suficiente en sí mismo. No hay necesidad de cumplir la promesa. De hecho, por regla general, se acepta la probabilidad de que no se cumpla, y nadie pedirá explicaciones quien la haga y no la cumpla. El reconocimiento de las necesidades y las expectativas que implícitamente representa la promesa se considera como una muestra suficiente de que hay buenas intenciones. Estamos desilusionados hasta tal punto que una simple muestra de buenas intenciones, no sólo nos apacigua, sino que nos proporciona un repositorio de confianza.

Es un tópico decir que la política moderna depende en gran parte de los medios de comunicación. Lo que esto significa en la práctica es que la política moderna depende de su capacidad para emplear el potencial publicitario de dichos medios.

Durante el último cuarto de siglo, se ha hecho cada vez más evidente que la adquisición de confianza depende en gran parte de la promoción, de la publicidad y de las relaciones públicas.El juego político, los programas políticos y hasta las personas que hacen política se presentan igual que si fueran mercancías o productos.
Dicho de otra forma, hay que «venderlos». Y para venderlos se echa mano de todas las técnicas publicitarias, incluyendo muchas que sirven para la manipulación psicológica.

Colocar la política en el mismo nivel que la publicidad es fomentar un cinismo parecido ante ella. Puede que la gente vote por pereza, por curiosidad, empujada por el deseo de novedades. Pero el poder y el mandato que se adquieran de esta manera serán muy diferentes de los que se basen en la confianza.

Ritual y conciencia

Si el hombre posee un deseo innato de confiar, también tiene una propensión innata a dudar, a movilizar su inteligencia y sus facultades críticas al servicio del escepticismo. Es así como afirma su individualidad, la percepción de su propia singularidad. A lo largo de los siglos la religión ha procurado neutralizar la tendencia del hombre al escepticismo, para lo cual ha recurrido, por así decirlo, a anestesiar la inteligencia, a adormecerla e incluso a aturdirla hasta conseguir su sumisión.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. Con este propósito, es frecuente que se lance un ataque contra los sentidos. La luz, el color, el sonido, el perfume se emplean con una intensidad que usurpa efectivamente la conciencia de cualquier otra realidad. Cirios que parpadean, por ejemplo, un deslumbrante despliegue de colores, cánticos, repetición, efectos rítmicos, el humo del incienso, todo esto se usará, de forma muy deliberada, para crear una atmósfera general de «diferencia», una dimensión divorciada del mundo real, un clima de «encantamiento». Y la verdad es que algunas de estas técnicas funcionan muy sutilmente. La investigación ha demostrado, por ejemplo, que si el toque recurrente de un tambor se sincroniza con los latidos del corazón y luego se acelera, éstos lo seguirán.

Todo esto, huelga decirlo, es ritual. Su función estriba en crear un estado de ánimo que, en esencia, se parece al trance, o a una leve hipnosis.

Cuando su estado de ánimo es éste, la conciencia que el individuo tiene de sí mismo es hipnotizada hasta caer en la quietud. Entonces, es posible que la absorba algo más grande: la grey o la chusma, la idea, la atmósfera, los valores que se estén promulgando.

Muy a menudo, esta sensación de liberarse de uno mismo, de ser sumido por alguna otra entidad, conduce a una excitación tan intensa, que equivale al éxtasis. En su dinámica psicológica, cuando no necesariamente en su contenido, semejante éxtasis tiene mucho en común con lo que se denomina la «experiencia religiosa» o la «experiencia mística».

El estado anímico resultante podría calificarse de estado de «porosidad», pues hace que se asimilen datos y se provoquen respuestas emotivas sin que ni unos ni otros pasen por el filtro del aparato crítico de la inteligencia. La renuncia a este aparato crítico -el abandono o abdicación temporal de uno mismo que interviene en esa renuncia constituye un ejemplo especialmente elocuente del acto de confiar.

En culturas posteriores, los sacerdotes de todas las religiones trataban de provocar la misma alteración de la conciencia y continúan intentándolo hoy día. Lo mismo hacen algunos ideólogos y demagogos. Lo mismo hacen los militares. El valor de este estado de ánimo reside en que, debido a él, la mente se transforma temporalmente en una tabla rasa, una pizarra en blanco. Toda programación previa desaparece. Este nuevo programa puede constituir lo que suele llamarse una conversión religiosa. También puede constituir una variedad de lavado de cerebro.

El siguiente interrogante, por supuesto, lo presenta la naturaleza del «nuevo programa» que se inserta. Para los militares el «programa nuevo» consiste en un código de comportamiento, una serie de respuestas y reacciones reflejas, un número limitado de actitudes en una esfera rigurosamente circunscrita. Para el líder político o religioso el «programa nuevo» ha de ser mucho más exhaustivo. En algunos casos, incluirá una respuesta -más o menos viable, más o menos practicable a la necesidad de distraerse de tal necesidad.

ARQUETIPO Y MITO

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Hay otra técnica que vale la pena señalar y que, a lo largo de los siglos, se ha utilizado para obtener confianza y hacer frente -o fingir que se hace frente- a la necesidad de sentido. Esta técnica es tan antigua como el ritual, pero mucho más sutil. Por este motivo, ha tenido un valor especial, no sólo para las instituciones religiosas y políticas, sino también para organizaciones tales como la francmasonería, los diversos grupos «Rosacruces» y la Prieuré de Sion. Entraña el empleo de símbolos de una manera que, como diría Jung, podría calificarse de «activación y manipulación de arquetipos».

Según Jung, un «arquetipo » es cierta experiencia elemental, o pauta de experiencia, que es común a todo el género humano; una experiencia, o pauta de experiencia, que los hombres han compartido desde tiempo inmemorial. Definidos así, los arquetipos y las pautas arquetípicas son suficientemente conocidos. De hecho, hoy día tendemos a tomar la mayoría de ellos como cosa natural. Incluirían acontecimientos tales como el nacimiento, la pubertad, la iniciación sexual, la muerte, los traumas de la guerra, el ciclo de las estaciones, y también conceptos más abstractos: el miedo y el deseo, el anhelo de un «hogar espiritual» y, naturalmente, la búsqueda misma de sentido de la que hemos estado hablando.

Como estos arquetipos forman la base de las facetas más elementales y primitivas de la naturaleza humana, es frecuente que su significación escape a los recursos del lenguaje. El lenguaje es fruto de la inteligencia y de la racionalidad; los arquetipos y las pautas arquetípicas se extienden más allá de ambas cosas. En consecuencia, generalmente hallan su expresión más directa en los símbolos, porque un símbolo no se dirige exclusivamente a la inteligencia, sino que despierta resonancias en niveles más hondos de la psique: en lo que el psicólogo llama «el inconsciente». Por esta misma razón, los símbolos siempre han tenido una importancia primordial, no sólo para el sacerdote y el líder religioso, sino también para el artista, el poeta y el pintor, sobre todo cuando hacen las veces de sacerdote.


Los símbolos arquetípicos tienen un marco de referencia todavía más amplio. No pertenecen a un individuo concreto, sino al conjunto de la especie humana. El fénix, por ejemplo, con sus connotaciones de muerte y renacimiento, es un claro símbolo arquetípico. Lo mismo ocurre con el unicornio, asociado tradicionalmente con la pureza virginal y la iniciación mística. El paraíso de la tradición cristiana, la valhala de las antiguas tribus teutónicas, las Islas de los Benditos que aparecen en las leyendas celtas y los Campos Elisios de los griegos son símbolos de lo que es, en esencia, el mismo arquetipo, o el mismo anhelo arquetípico. También es frecuente que las pautas arquetípicas sean simbolizadas por figuras antropomórficas: el héroe, el hombre errante, la doncella perseguida, la mujer fatal, los amantes unidos en la muerte, los hermanos o gemelos enfrentados, el dios que muere y resucita, la anciana sabia, el eremita del bosque o el desierto, el tonto sagrado que ha sido tocado por Dios, el rey perdido o desposeído. Estas figuras encarnan principios de pertinencia universal, aplicables a todas las culturas y épocas.

Cuando los símbolos se organizan en una narrativa o argumento coherente, pueden transformarse en lo que se denomina un «mito». La palabra «mito» no debería utilizarse en el sentido, otrora en boga, de «ficción» o «fantasía». Al contrario, se refiere implícitamente a algo mucho más complejo y profundo. Los mitos no se inventaron con la única intención de entretener y divertir, sino para explicar cosas, para representar la realidad. Para los pueblos del mundo antiguo -los babilonios y los egipcios, los celtas y los teutones, los griegos y los romanos-, mito era sinónimo de religión y, como la Iglesia católica de la Edad Media, abarcaba lo que ahora clasificamos como ciencia, psicología, filosofía, historia, el espectro entero del conocimiento humano.

Basándose en esto, cabe definir el mito como cualquier intento sistemático de explicar o representar la realidad, ya sea pasada o presente. De acuerdo con esta definición, cualquier sistema de creencias -el cristianismo, el darwinismo, el marxismo, la psicología, la teoría atómica- puede clasificarse como mito, y la palabra no entraña ninguna denigración, ninguna disminución. Todos los sistemas de creencias nacen y evolucionan con el mismo propósito: elucidar «el orden de las cosas», econtrarle sentido al mundo.

La mitología clásica era la ciencia, la psicología y la filosofía de su tiempo, y somos unos ingenuos si creemos que la ciencia, la psicología y la filosofía de nuestros propios días no son también formas de mito y no serán consideradas como tales en algún momento del futuro.

La distancia, tanto en el tiempo como en el espacio, es, a menudo, un factor importantísimo del proceso mitificador. Todos, pues, mitificamos nuestro propio pasado: la infancia, los padres, las figuras que dieron forma a nuestra vida hace ya mucho tiempo. También tendemos a mitificar las cosas, los lugares y los individuos cuando nos vemos separados de ellos por la

distancia geográfica, un distanciamiento forzoso o la muerte. Todo el mundo conoce la importancia que los amigos o seres queridos ausentes llegan a adquirir en la mente. A menudo, quedan reducidos a una simplicidad absoluta, las complejidades desaparecen y sólo recordamos ciertos rasgos prominentes que provocan una poderosa respuesta emotiva. A nivel colectivo, figuras tales como John F. Kennedy y Marilyn Monroe eran míticas incluso en vida. Luego, la muerte las transformó de manera radical y su categoría de mitos se hinchó, se intensificó.

La mayoría de los mitos colectivos tienen tanto un aspecto arquetípico como un aspecto puramente tribal. Cualquiera de los dos puede ponerse de relieve a expensas del otro, y el mito mismo se convierte entonces en arquetípico o tribal. Un mito arquetípico, como los símbolos arquetípicos englobados en él, refleja ciertas constantes universales de la experiencia humana. Cualquiera que sea su origen en un tiempo o lugar determinados, un mito arquetípico trascenderá tales factores y se referirá a algo que comparte el conjunto de la humanidad. La característica y la virtud singulares del mito arquetípico es que cabe utilizarlo para unir a las personas recalcando lo que tienen en común.

Los mitos tribales, en cambio, no recalcan lo que los hombres tienen en común, sino lo que les divide. Los mitos tribales no tienen que ver con los aspectos universales y compartidos de la experiencia humana. Al contrario, sirven para ensalzar y exaltar de forma concreta a una tribu, cultura, pueblo, nación o ideología, a costa, necesariamente, de otras tribus, culturas, pueblos, naciones e ideologías. En lugar de conducir hacia dentro, de obligarnos a enfrentarnos con nosotros mismos, a autorreconocemos, los mitos tribales apuntan hacia el exterior, hacia la glorificación y la elevación de nosotros mismos. Semejantes mitos reciben su ímpetu y su energía de la inseguridad, de la ceguera, de los prejuicios.

Como carecen de un núcleo interno, deben fabricarse un adversario externo contra el que luchar, un adversario cuya importancia hay que hinchar para que sostenga el peso y la carga de todo lo que se desee repudiar y proyectar a otra parte. Los mitos tribales reflejan una incertidumbre muy arraigada ante la identidad interior. Definen una identidad externa mediante el contraste y la negación. El blanco, de esta manera, pasa a ser identificado como todo lo que no es negro, y viceversa. Todo lo que es el enemigo no lo es uno. Todo lo que no es el enemigo lo es uno.


mardi 18 août 2009

Breve repaso de la moneda en Colombia


Breve repaso de la moneda en Colombia.

Los conceptos de valor de uso y de valor de cambio en la Conquista, Colonia y la naciente República.

El oro como mercancía y el oro como "uso".

Audio que hace unos meses, un miembro del Movimiento nos pasó. Desconozco el nombre de quién habla allí.

Duración: Menos de 8 minutos.



Archivo disponible para descargar aquí.